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Uno de los árboles principales consagrados a este orisha; del omiero del asiento y del omiero con que sacramentan y lavan sus atributos

Cuando Changó está enojado, se le apacigua con las hojas del álamo, añadiendo rompezaragüey y culantrillo.
«La primera vez que tocaron los tambores para este santo, fue a la sombra del álamo. Es el manto de Changó».
La bateíta de cedro pintada de rojo y blanco en que guarda su piedra, se cubre con hojas de álamo, y con ellas se adornan los altares y el trono de sus elegidos.
A Changó «le gusta comer en el álamo», y allí se le llevan las ofrendas habituales, atadas con cintas rojas.
Al carnero que siempre se le inmola, se le ofrecen hojas de álamo antes de conducírsele a la habitación donde será sacrificado, simbólicamente, por el mismo Oggún, frente al otán, habitáculo del orisha.
Si el animal «mensajero», ya preparado por los santeros para el sacrificio, las come, es señal de que el dios lo acepta complacido. De lo contrario, el carnero no será degollado.
Para purificar a sus hijos y protegidos, Changó les ordena bañarse con una decocción de las hojas.
Las lustraciones con la savia del álamo eliminan toda mala in- fluencia del cuerpo. «El álamo recoge todo lo malo y se lo lleva». Para disolver la peor brujería y alejar malos espíritus de la casa, usarlo en baldeos. Se emplea mucho, también, en polvos, seco y cernido, ligado al plátano, y después de rogado, para hacer bien o mal.
Para destruir radicalmente un bilongo, mezclar las hojas del álamo con salvadera, yerbabuena y prodigiosa, abrecamino y una pie- dra de alcanfor. Hay quien añade a esto una cucharadita de amoníaco, pescado y jutía ahumados.
Los mayomberos no utilizan el álamo.
Con álamo, Changó le cerró a Orula el sendero que conducía a su casa.
«Los aleyos no encontraban el camino, oculto por los álamos, y Orula no hacía nada. Le había ofrecido un carnero a Changó, pero no acababa de dárselo. La apesteví le recordó la deuda».
Orula cumplió, desaparecieron las barreras del álamo, y los aleyos tornaron a casa del adivino.
Se utiliza para baños medicinales fortificantes, para reducir las inflamaciones de las piernas y curar el salpullido. En cocimiento, para fortalecer los nervios. Con la semilla se hace una preparación líquida y no muy grasosa, que favorece el crecimiento del pelo, a la par que lo ennegrece.
Se emplea contra la albúmina en las mujeres embarazadas. En este caso debe beberse abundantemente. Las comadronas lo admi- nistran en lavados vaginales.

 

El higuito u orí, hecho pasta, se aplica para reducir las almorranas.
J. A. C. ha venido a pedirme permiso para cortar una rama de los viejos álamos frondosos que dan sombra a un costado de nuestra casa. ¿Para qué? Cuando conversamos, fumando un cigarrillo y tomando una taza de café, me dirá este iworo de Changó lo que piensa hacer con las ramas. Aunque el espiritismo le atrae mucho y tiene la cartilla de Alán —Kardec—, este hijo de chino y de canela es un gran devoto de los orishas, y cuando «la soga le aprieta el
cuello», en ellos busca amparo, y los prefiere a los hermanos del espacio.
J. A. C. ha consultado a un babalawo. Quería conocer la causa de ciertas alteraciones y dificultades que está experimentando úl- timamente en el curso de su vida. Y la «letra» que le salió fue Darico.
«Kukufé kuku adifá fun —Oggún Ochosi Yekúnsa Kareré fún Oyá—», dice Gaitán—.
La lectura de este oddu o «letra» es más o menos la siguiente: el consultante, que en el caso presente, concretamente, es J. A. C, hizo algún ofrecimiento a una persona que ha de ir a verla próxima- mente, y se le quejará de su incumplimiento.
«Sí —dice J. A. C.—. Es verdad. Le prometí una hoja de billete a una prima mía».
Actualmente, él necesita conseguir dinero para un proyecto que tiene entre manos —un «garrotico», por cierto—. Debe dar gracias, porque esta vez su mujer está embarazada, y es un hijo de Oggún el que tiene en sus entrañas.
«Ya eso lo sabía yo, porque se lo dijo a mi mujer, Mercé, la santera. Pero como hace tiempo —es lo que pasa, que uno se aban- dona y, cuando viene a ver, han formado el lío— todos los santos están algo molestos con él. Ve a los babalawos y no los saluda con el debido respeto. Porque, aparte de lo demás, buenos están los babalawos; y yo tengo temporadas en que no quiero nada con esa gente». De ahí su atraso, y la causa de sentirse tan a menudo irrita- ble, contrariado, «aburrido de todo y del trabajo». Ese estado de irritabilidad, le previene Ifá, puede dar lugar a un exabrupto, a que corra la sangre en el taller donde trabaja. En fin, para reconciliarse con los santos y que su situación no vaya a empeorar, debe tapar la piedra o la estampa de Changó durante nueve días con hojas de álamo. Para eso ha querido escoger una linda rama. Mas no es sólo esto lo que tiene que hacer J. A. C. A diario tendrá, durante los nueve días, que tocarle acheré —maracas—, y si tropieza en la calle con un entierro, deberá taparse los ojos y la cara, si el difunto es mujer; saludar quitándose el sombrero, si es hombre.
Tiene un hijo en arákáto, en el campo —J. A. C., hasta ese momento, en confianza entre nosotros, no estaba seguro, y aun- que creía tener un hijo por Sagua de Tánamo, nunca se ocupó de eso, ni piensa ocuparse, porque el niño tiene madre, y la madre,
otro marido—. Se le advierte que su hermano mayor le tiene mu- cha envidia, y que otro más «nuevo», cuyo paradero ignora, está pasando miseria.
J. A. C., es verdad, piensa marcharse al campo. Pero no debe irse sin hacer antes rogación, porque en las condiciones presentes, no puede cruzar el río o el mar, ni andar en locomotora; sería muy peligroso.
Una hija de Changó —estaba seguro, y sabe quién es— le tiene echada una maldición…, y si se abandona, lo alcanzará. «La muy…», pero no debe maldecir. Le anunciaron la muerte de una persona que vive bajo su mismo techo. «Es la vieja vecina que está muy matunga y se cae a cada rato».
J. A. C. no debe comer quimbombó ni pagar nada a escote con nadie. La «letra» le aconseja, por último, mucha cautela, y trabajar rápido, porque lo quieren matar en una esquina. J. A. C. cumplirá al pie de la letra todas estas indicaciones, de las que depende su tranquilidad. Y se va con su rama de álamo y una contribución amistosa para el ebbó, que, felizmente, «atajará» los males que Darico le vaticina, y que consisten en un gallo, tres mazorcas de maíz, una jutía, una gallina negra, un pescado y $12,60. (Sí a mí o a cualquiera le sale este oddú en una consulta con el okuelé, se nos dirá lo mismo.)
He sabido, después, que el ebbó que sirve para «arrancar» el mal y atraer el bien, puede hacerse con una cola o excremento de caballo, un güiro, un gallo, dos pollitos y $16,80; y que el babalawo pudo haberle contado a J. A. C. —aunque hoy casi todos los babalawos se olvidan indebidamente de ilustrar con el ejemplo que les corresponda la lectura del oddun—, que en igua- les circunstancias adversas, Darico fue a casa de Orula. Este le hizo ebbó con todas sus pertenencias, y le ordenó blanquear los muros de su casa. El ejemplo —patakí, relación, historia— es el siguiente:
A Obatalá, la virgen de las Mercedes, que se hallaba en la calle, la sorprendió una fuerte turbonada y fue a guarecerse en la casa recién enjalbegada de Darico. Poco tiempo después, este se apare- ció a su vez en el ilé de Obatalá una noche de tormenta, el traje empapado de lluvia, y la santísima virgen de las Mercedes, agradecida, aprovechó la ocasión para corresponder a la hospitalidad que anteriormente había recibido en su casa. Le dio ropa nueva para
sustituir las que llevaba mojadas y salpicadas de barro, y, sobre todo, le dio suerte, le dio aché. Darico, pasado algún tiempo, en posesión de una fortuna considerable, dándose mucha importancia, envanecido, como todo el que prospera rápidamente, pasó a caba- llo junto a Orula, que iba a pie, y lo saludó distraído, sin descender del caballo: aún más: apresuró el paso. Orula, dolido de aquel tratamiento, que consideró un ultraje a su dignidad, le encomendó a Eshú que castigase la arrogancia y la estúpida ingratitud de Darico. Eshú lo redujo a la estrechez y lo rodeó de los peligros que lo ame- nazaban antes de hacerse ebbó.

El Monte Lidia Cabrera

 

ÁLAMO
Ficus religiosa. Lin.
L. Ofá. Abaila. Iggolé Ikiyényo. C. Mánlofo.
Dueño: Changó.

 

 

 Oriate Robert Peralta de Armas en Facebook 

 


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